Crónicas made in USA (3)

En mitad de la nada

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—¡Arg! ¡Vete, maldito bicho! —grito desaforada mientras me sacudo frenéticamente el pie en un intento por desenganchar a una abeja que ha decidido morir en mi tobillo. El insecto cae abatido desprendiendo su asqueroso abdomen junto al aguijón que ha introducido en mi piel.

—Oh, my God! ¡Qué dolor!

La última vez que me picó una avispa tenía diez años. Por aquel entonces era bastante osada y se me ocurrió la maliciosa idea de tirar piedras a un enjambre de avispas que había anidado en el suelo junto a un árbol del parque cerca de mi casa. Naturalmente, la reina se cabreó y emprendió su vuelo directamente hacia mi nariz que se hinchó de modo semejante a una ciruela. Al día siguiente, todos mis compañeros se mofaron de mí y, durante dos semanas, tuve que aguantar que me llamaran Krusty por mi parecido con el payaso de los Simpson.

Mi pie puede pasar por el de Frodo a punto de llegar a Mordor. Llego penosamente a casa y le cuento a mi compañera coreana lo sucedido quien, tras observar con detenimiento la hinchazón, me prepara un ungüento con una mezcla de cebolla, ajo, vinagre y té. Me aplica la pestilente pasta sobre la picadura con un suave y delicado masaje. Espero con escepticismo el resultado de la milagrosa pócima y, al cabo de una hora, para mi sorpresa, el remedio de mi amiga hace su efecto, reduce la inflamación y amortigua el dolor. “Nunca vuelvas a cuestionar la sabiduría de un oriental”, me recrimino a mi misma.

Para olvidar el desagradable suceso, mis amigos me animan para que acuda con ellos a cenar a un restaurante mejicano en la ciudad fronteriza de Tijuana. La especialidad de la casa es el “Burrito Premium”, una bomba calórica no apta para cualquier estómago.

—¡Aquí viene! —digo alborozada. El taco enrollado tiene la misma longitud que mi antebrazo y está relleno de carne de cerdo, frijoles, pimiento rojo, verde y amarillo, maíz, arroz blanco, queso y, por supuesto, mucha salsa picante. Siento un ardor muy fuerte en los labios, el paladar y la boca entera y noto como el condimento va quemando poco a poco mi estómago. “Creo que me voy a arrepentir de esto”, pienso mientras mastico con avidez el burrito.

Pero en el autobús de vuelta a casa comienza la verdadera aventura. Mis tripas empiezan a sonar como el rugido de un león. Todavía estamos lejos de la civilización y me niego a utilizar el fétido baño del vehículo. El autocar transcurre por la ‘Panamericana’, un sistema de carreteras que se extiende desde el estado de Alaska hasta la ciudad de Buenos Aires, en su paso por México. Veo como la carretera se pierde en el desierto y los baches me remueven todavía más las tripas. Mis amigos, alertados de mi situación, se ríen y me ofrecen constantemente pañuelos para limpiarme el sudor de la frente.

—En el mugriento baño, o en mitad de la nada con los alacranes. ¡Tú eliges! —me recomienda uno de ellos mientras se desternilla de risa.

La aventura termina con un inenarrable final feliz y con un firme propósito al estilo de Hollywood: “Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a comer un burrito picante!”.



Categorías:Ficción

Etiquetas:,

2 respuestas

  1. Ja,ja,ja,ja hasta el próximo ¡ya verás! XD XD

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  2. Burrito picante con beans mala combinación pao jajaja

    Le gusta a 1 persona

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